NEUROBIOLOGIA DE LA EXPERIENCIA MUSICAL
LA MUSICA Y LA MENTE HUMANA
Por: Mara Dierssen (BIOMEDIA)
La música es un fenómeno complejo, difícil de definir desde una perspectiva neurobiológica. Desde el punto de vista perceptivo se producen en ella variaciones combinadas de prácticamente todos los parámetros acústicos, dándose al tiempo lo simultáneo y lo sucesivo, acordes dentro de conjuntos de acordes y de conjuntos de timbres insertos en marcos armónicos cambiantes y dinámicos. Desde el punto de vista ejecutivo, la música requiere el desarrollo y la integración de programas motores complejos y elevados niveles de competencia en tareas visuo-espaciales, secuenciales y propioceptivas en relación con tareas motrices concretas. Finalmente, existe una cualidad musical especialmente relevante para determinados sectores de músicos profesionales, como los directores o los compositores. Se trata de la memoria tonal, o memoria para configuraciones secuenciales de tonos, y de la imaginería auditiva o audición, entendida como la representación auditiva musical en ausencia de sonido físico.
Darwin expresó su total incomprensión acerca de la función biológica de la música en el ser humano. Sin embargo, se trata de un fenómeno ciertamente transcultural, al igual que la existencia del lenguaje o de las emociones, y cuya magnitud conduce inexorablemente a la conclusión de que en nuestro cerebro existe un impulso básico que nos anima a escuchar o a producir música y, por tanto, ha de existir un sustrato neurobiológico que sustente tal función y que justifique la habilidad musical implícita del cerebro humano. Efectivamente, para ser algo carente de significación concreta, el esfuerzo empleado en crear o reproducir música es realmente ingente. Sin hablar de la inversión económica que supone y de las incontables obras que existen, transcritas o no. La habilidad musical, sin embargo, y al contrario que la lingüística, no es universal, sino que es desarrollada únicamente por algunas personas. Aún permanecen sin esclarecer las causas genéticas o ambientales que determinan la existencia o el desarrollo de tal habilidad, pero es evidente que la interpretación y la composición musical entrañan un número considerable de habilidades perceptivas sensorio visuales, sensorio auditivas y sensoriomotoras.

Un paseo por la mente: el sustrato morfológico

Para poder abordar desde una perspectiva científica la experiencia musical, con el entramado de procesos que intervienen, tanto en la esfera cognitiva como en la emocional, hemos de iniciar un breve recorrido por los laberintos de nuestro cerebro. No es tarea fácil, ya que se trata de la estructura más compleja de todas las que conocemos, cuya construcción no se atiene a principios o a propósitos conocidos.

El cerebro contiene unos cien mil millones de neuronas (el mismo orden de magnitud que las estrellas de la vía Láctea), que Don Santiago Ramón y Cajal definió como 'las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quién sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental'. La neurona, en efecto, es la unidad funcional de nuestro cerebro, si bien no está sola en la misión de construir las señales informativas de nuestro cerebro. Otras estirpes celulares participan también en la generación y modulación de la actividad cerebral, permitiendo, por ejemplo, que la información viaje a una enorme velocidad a lo largo de las vías nerviosas. La neurona se caracteriza por poseer una compleja maquinaria celular, básicamente al servicio de la comunicación con otras neuronas. Esta maquinaria está orquestada desde el núcleo a través de la activación (o expresión) y del silenciamiento de genes concretos con un ritmo temporal y sujetos a los acontecimientos que se producen en el micro entorno celular. Para establecer la comunicación con otras neuronas, cada una de ellas lanza prolongaciones (axones) que, a modo de largos cables, alcanzan el cuerpo o las prolongaciones de otras neuronas, siendo el punto de contacto denominado sinapsis. Pero, ¿cuál es el lenguaje que utilizan las neuronas? Se trata de un lenguaje eléctrico y químico, de forma que si introducimos un fino electrodo dentro del cuerpo neuronal podemos detectar la presencia de actividad eléctrica en ella. Cuando esta corriente eléctrica, el impulso nervioso, que se propaga a través de las prolongaciones neuronales, alcanza las sinapsis, se liberan al medio minúsculas cantidades de unas moléculas químicas que denominamos, en base a su función neurotransmisora. Estas moléculas transmiten una información que es interpretada por la neurona diana, y así, cuando ésta recibe la molécula química, se producen en su interior toda una serie de cambios celulares, que afectan incluso a la maquinaria genética. Las neuronas se encuentran organizadas a su vez en redes neuronales que comparten mecanismos similares de procesamiento de la información, de forma que elementos concretos de procesamiento concreto pueden, de hecho, localizarse en regiones cerebrales discretas.



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